viernes, 26 de febrero de 2016

DÉJALA

Señor, déjala todavía este año…
(Lc. 13, 1-9)


 Mi higuera no ocupa terreno baldío
en tu corazón de Dios Padre,
aunque se pierda entre las mil hojas de su vida,
sin dar fruto.
¡Qué gozo encontrar un labrador que sabe esperar
más allá del tiempo!

Yo, sin embargo,
he creído tanto en tu divinidad,
que he amurallado tu encarnación,
para alejarte de mis fanatismos e intolerancias.

Mi historia te sigue encuadrando en viejos clichés
que no se corresponden a tu locura de Padre,
chifladura investida de humanidad.

Tú eres humanismo puro, Señor,
terreno donde a gusto echas tus raíces
de fuego que calienta,
de luz que ilumina,
de esperanza que germina.

Quieres fruto,
pero tu amor es tan inmenso,
que aún sin despuntar las yemas de mi higuera,
Tú ya ves las brevas en lontananza.
Es la química de tu amor,
que no rueda sobre imperativos alienantes.

A pesar de mis enredos con la tibieza o las dudas,
la fragilidad o la torpeza,
mantén el tiempo en tu labrantío
para dejar que mis retoños
se aclimaten y maduren, se abran y fructifiquen…

¡Gracias, labrador,
por confiar todavía en mi higuera, 
gracias, sí, por tu paciencia campesina!

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