miércoles, 31 de diciembre de 2025

NAVIDAD, FARÁNDULA O FANFARRIA


Jesús es la razón de la Navidad y en Navidad  lo humano y lo divino se encarnan  en una familia humilde, María y José que han de recorrer, ella embarazada,  más de cien kilómetros,  de Nazaret a Belén, para cumplir con el edicto de Cesar Augusto que obligaba a empadronarse en el lugar de origen. Cuando el carpintero de Nazaret y su esposa llegan a Belén, deben pasar algunos días en una casa abandonada, donde descansan los animales, porque, según el evangelista Mateo, “no había sitio para ellos en la posada. Allí la madre dio a luz a su hijo que  lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”… Han pasado siglos.  Y cada año se renueva aquella Buena Noticia que habla de pastores, magos, ángeles…   

Mirándonos en el espejo confuso de nuestra sociedad con sus farándulas y fanfarrias, podríamos preguntarnos si aún es posible  reconocer  la Verdad del mensaje navideño. Y más,  por encima del ritmo frenético que subyace en el epicentro del mundo televisivo  y de las grandes superficies comerciales, con sus felicitaciones estereotipadas. Una vez más,  la Navidad  nos  sigue forzando  a tomar  conciencia de un mundo de desigualdad, opresión e injusticia frente a ese Niño recién nacido, festejado por pastores…

Ese mensaje de Buena Nueva  que nos congrega en una misma mesa, no puede separarse del pan debido en justicia al pobre e indigente. No tiene sentido, es una osadía de nuestra fe, quedarnos en un recuerdo romántico, embellecido con pesebres, musgos, pastores, guirnaldas… La Navidad no es ese  ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en nuestras calles, que  hasta nos aturde.  Y sí, la alegría navideña  es la que se disfruta desde la cercanía del Niño-Dios, dejándonos inyectar  de  su ternura y su compromiso de  liberación. Esto es entender la Navidad.  ¡Qué gran Navidad,  la de miles de cristianos felizmente atrapados en la donación de sí mismos,  luchando contra  la horrenda “crisis de principios”  que, en todos los niveles, domina nuestra sociedad!  Triste Navidad, por otro lado, la de cristianos perseguidos por su fe o la de pueblos víctimas de las armas a causa de la soberbia de sus gobernantes.

La parábola de  Anthony de Mello nos viene a pelo: "Viendo a una niña marginada, aterida y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente, me encolericé y le dije a Dios: ¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo? En pleno silencio, esa noche, Él me respondió: Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti'"...  He aquí la clave de la Navidad. El silencio de Dios ante el grito de toda víctima humana  es un llamado a que le dejemos actuar a través de nosotros mismos. De lo contrario, nos hacemos verdugos de nuestras propias contradicciones…

Y vuelvo a mirar hacia el portal de Belén.  Nace un Niño, hecho de estirpe humana y divina.  En él se ilumina la noche. En él, “la justicia y la paz se besan”. En él, la Navidad de hoy  está más allá de toda circunstancia de tiempo y espacio. ¡Está en nosotros!  Belén  es el símbolo sensible -¿mítico?-, que sólo dentro de cada uno de  nuestros corazones se hace  realidad  la de un Dios identificado con la humanidad.        

Si en  Belén  ha nacido un salvador, un liberador, en ningún corazón puede  nacer un opresor o, al menos,  un desmemoriado de los  hermanos hundidos en la pobreza. No es justo  mirar para afuera pasmados ante las  lucecitas, los celofanes, las zambombas… ¡Si no quiero sufrir el riesgo de perderme la verdad de una sonrisa escondida en el pesebre! ¡Suerte la de los pobres de ayer y hoy, los marginados, los privados de libertad y  los despojados por los poderosos! Ellos, sí, gozarán de las sonrisas del Niño recostado en el pesebre de la historia, al calor de la mula y el buey y de los pastores indigentes.

Mientras los magos,  abandonados al albur de la “estrella”, cabalgan hacia el portal con la convicción de que el Niño  será la promesa de salvación, entremos en nuestro silencio interior y sintámonos afortunados, descubriendo que la Navidad  no es farándula ni fanfarria, sino la Buena Nueva de sentir que lo imposible es todavía posible, como la paz, la justicia, el amor...


jueves, 11 de diciembre de 2025

LA MUERTE, PARTE DE LA VIDA

 

    

La muerte crea una brecha traumática en nuestra vida,  y más cuando se presenta inesperadamente. Hace unos días, el accidente mortal  sufrido por  Javi y Ventura, entrañables jóvenes hueteños, ha producido enorme conmoción en nuestro pueblo.  La cercanía de  sus  trágicos fallecimientos  actuó como una revelación del destino. Un destino que nos ha jugado su trampa, como si el hombre necesariamente  estuviera sometido a  una absurda existencia en brazos de la muerte. Bien es cierto que, siguiendo a Rilke, “estamos continuamente imbricados en la polaridad del morir y el nacer”. Pero la presencia de la muerte no tiene carta de residencia sobre la evidencia  anhelante de la vida. Si nos acercamos al libro sagrado de los Salmos, escuchamos al salmista decir “No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”… Y es que la fe impone la convicción de una VIDA tras la muerte. Dios no creó la muerte. Tras el imperio del mal, Jesús de Nazaret venció la muerte con su resurrección. Nuestra visión de la muerte, pues,  constituye el criterio de nuestra esperanza, una barrera “franqueable” que afecta a lo más intimo de nuestro ser. ¡La sed  de Vivir!

Sin embargo, la muerte repentina,  tras el accidente mortal del pasado domingo,  ha abierto una puerta a la desesperación. Como mínimo, ha sido un derecho a llorar desconsoladamente.  Una legión de jóvenes anclados en el dolor, junto al recorrido fúnebre, ha manifestado,  a corazón abierto, su turbada impotencia,  sin concesiones a la superficialidad.  Es la cara terrible de la realidad humana vista desde  la perplejidad siniestra, mas, sin duda también,  desde  la solidaridad empática… y, cómo no,  desde la oración confiada. La inmensa multitud en torno a la Eucaristía del domingo  no arrió la bandera de nuestra creencia trascendente. Las cálidas palabras de nuestro párroco en la celebración  funeraria, testimoniaron la fe que  desafía al mundo.  Los cristianos tenemos razones más que suficientes para entender  que la muerte  “no es el final del camino, que aunque morimos no somos carne de un ciego destino”,  como cantamos en nuestras liturgias.  El Evangelio es la fuerza contra toda fatalidad luctuosa. Dios no  permanece confinado detrás del accidente mortal y del sufrimiento humano que conlleva. La muerte solo es parte de la vida.

Ventura y Javi, dos jóvenes alegres, generosos, deportistas, han sido dos  luces brillantes que se apagaron  demasiado pronto.  Pero nos han dejado el gran legado de su juventud  en el cariño filial y en la amistad  compartida.  El vacío inmenso que dejan en sus padres, hermanos y amigos, tributan consuelo y esperanza. Así  lo hemos leído en ese  aluvión ejemplar de empatía bañada en lágrimas, durante la procesión funeraria. Como las lágrimas de Jesús de Nazareth ante la muerte de su amigo Lázaro de Betania, que narra el evangelista san Juan. Su vida nos ha mostrado que Dios no está confinado en “su cielo”, como eclipsado ante los acontecimientos  del dolor humano. El silencio de Dios se rompe en Él, en Jesús de Nazareth, cuando  el acto de su cruz no tuvo final con la muerte… Así, la vida de nuestros amigos, truncada por un accidente mortal, es  un acto de fidelidad  póstuma a la grandeza de la juventud amiga... Es de subrayar también el gesto noble de nuestras autoridades municipales, suprimiendo los actos festivos  programados por el Ayuntamiento para estas Navidades.

La  resurrección de Jesús es la gran Novedad: “el que cree en mi, dijo, aunque haya muerto vivirá”, según el evangelio del apóstol Juan.  La esperanza, cierto, no es nuestro exilio,  aunque nos golpee la muerte en su más trágica expresión. Como cristianos no esquivamos esa “certeza”, confiando en las palabras del apóstol Pablo en su primera carta a los corintios: “el último enemigo que será destruido es la muerte”.

Mary Lourdes y Salvador,  Encarni y Norberto  y demás familia, ¡mucho ánimo a pesar de vuestros corazones rotos, destrozados!  No hay palabras con qué expresar el dolor que nos une a todos… Desde la fe, sin embargo, confesamos  la ilusión y la esperanza de reencontrarnos todos con vuestros “niños del alma”, cuando llegue nuestra hora, porque la muerte tan sólo es parte de la vida…

Hasta pronto, Ventura y Javi.