sábado, 3 de enero de 2026

BELENES EN HUÉTOR SANTILLÁN

 


                            ( Pablo de Acacio)                                                            (Pablo de Acacio)) 

  •                                           (Luis de la Posailla)                                                    Luis de la Posailla)
    •                                                

            (Luis de la Posailla)

    He tenido la feliz ocasión de visitar los respectivos belenes de Luís de la Posaílla y Pablo de Acacio.  He gozado mucho, y mis nietos han gozado inmensamente más. Cada  rincón de esa magia navideña habla de habilidad manual, de artesanía, de artística composición escénica con su estructura de arcilla, piedra, madera, vegetación, iluminación… Ahí,  la destreza y sensibilidad predican horas y horas de mucha dedicación.  Su nivel de “realismo” hace que las figuras cobren vida en ese escenario que nos transporta cumplidamente al misterio.  

     En medio de nuestro vivir diario, a veces tan tedioso,  es un privilegio contar con artistas, maestros del belenismo, capaces de  mantener viva una tradición que es, ante todo,  inspiración, espiritualidad, poesía, en definitiva, luz. Han sabido elevar sus belenes a la categoría de arte y patrimonio cultural hueteño.  Hoy, es obligado recordar la tradición belenista de Raimundo y Tino y de  nuestra iglesia parroquial. Este año “nos han castigado”  sin el manjar de su arte navideño. ¡Qué pena!

    Toda la magia pascual que se percibe en cada belén, se transmite en ese gesto de admiración de mis nietos, Hugo y Leo, que escudriñaban  sorprendidos, palmo a palmo, todo el recorrido belenista. ¡Pura catequesis sobre este Niño-Dios que viene a salvarnos!... Si supiéramos detenernos en silencio ante este Niño, de noble barro cocido, entenderíamos la ternura de Dios. Y quizá yo mismo entendería por qué el corazón de unos niños, en este caso de mis nietos,  latían, transidos de asombro, sorpresa y gozo ante  un montaje de caminos y riachuelos, de pastores y ovejas, de  reyes magos y estrellas,  de ratoncillo y búho,  de paisajes conocidos como el cerro de la Cruz, la Posailla, la Plaza del pueblo y  un portalico con el buey, la mula y el Niño recostado en el pesebre entre María y José. ¡Todo un mundo de alegría proclamado en miniatura!

    Ciertamente, hay una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren, como niños, a la cercanía de Dios y se dejan atraer por su ternura. Los belenes  reflejan ese misterio que da origen a nuestro regocijo. Son un espejo que muestra  que la Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en las calles. Ante los belenes,  mis nietos han gozado, no de un hecho que ya pasó, sino de “algo que sigue pasando”. Avivan el rescoldo de las ilusiones que, al paso de los días, no debe irse apagando. 

    ¡Feliz Año Nuevo! …Y que venga cargado de 2026  utopías de las que podamos hacer acopio para gozar de mucha paz y mucha alegría.

     

     

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