(Luis de la Posailla)
He tenido la
feliz ocasión de visitar los respectivos belenes de Luís de la Posaílla y Pablo
de Acacio. He gozado mucho, y mis nietos
han gozado inmensamente más. Cada rincón
de esa magia navideña habla de habilidad manual, de artesanía, de artística
composición escénica con su estructura de arcilla, piedra, madera, vegetación,
iluminación… Ahí, la destreza y
sensibilidad predican horas y horas de mucha dedicación. Su nivel de “realismo” hace que las figuras
cobren vida en ese escenario que nos transporta cumplidamente al misterio.
En medio de nuestro
vivir diario, a veces tan tedioso, es un privilegio contar con artistas, maestros del belenismo,
capaces de mantener viva una tradición
que es, ante todo, inspiración,
espiritualidad, poesía, en definitiva, luz. Han sabido elevar sus belenes a la
categoría de arte y patrimonio cultural hueteño. Hoy, es obligado recordar la tradición
belenista de Raimundo y Tino y de
nuestra iglesia parroquial. Este año “nos han castigado” sin el manjar de su arte navideño. ¡Qué pena!
Toda la magia pascual que se percibe en
cada belén, se transmite en ese gesto de admiración de mis nietos, Hugo y Leo,
que escudriñaban sorprendidos, palmo a
palmo, todo el recorrido belenista. ¡Pura catequesis sobre este Niño-Dios que
viene a salvarnos!... Si supiéramos detenernos en silencio ante este Niño, de
noble barro cocido, entenderíamos la ternura de Dios. Y quizá yo mismo
entendería por qué el corazón de unos niños, en este caso de mis nietos, latían, transidos de asombro, sorpresa y gozo ante un montaje de caminos y riachuelos, de pastores
y ovejas, de reyes magos y estrellas, de ratoncillo y búho, de paisajes conocidos como el cerro de la
Cruz, la Posailla, la Plaza del pueblo y un portalico con el buey, la mula y el Niño
recostado en el pesebre entre María y José. ¡Todo un mundo de alegría proclamado
en miniatura!
Ciertamente, hay una alegría que solo la
pueden disfrutar quienes se abren, como niños, a la cercanía de Dios y se dejan
atraer por su ternura. Los belenes reflejan ese misterio que da origen a nuestro regocijo.
Son un espejo que muestra que la Navidad
es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos
días en las calles. Ante los belenes, mis nietos han gozado, no de un hecho que ya pasó,
sino de “algo que sigue pasando”. Avivan el rescoldo de las ilusiones que,
al paso de los días, no debe irse apagando.
¡Feliz Año
Nuevo! …Y que venga cargado
de 2026 utopías de las que podamos hacer
acopio para gozar de mucha paz y mucha alegría.




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