Querido don
Paco, o Paquiño como yo te recordaba siempre desde el Seminario. Fue por allá del año 1978, que solicité a
nuestro obispo don Miguel Araújo poder trasladarme a Lyon para ampliar
estudios. Entendió mi petición, y me pidió que le propusiera un sustituto.
Por amistad y por tu labor desarrollada
en la parroquia de Celeiro, le hable de
ti. Así, te llegó el nombramiento a los pocos meses. Tu aceptación fue evangélica,
como el relato de san Mateo: “Venid conmigo y yo os haré pescadores de hombres". El pueblo te recibió con ese “cariño” de que hace
honor su nombre. Y tú te sentiste muy acogido.
Con el
corazón lleno de gratitud y la esperanza puesta en la vida eterna, te despide
hoy tras una vida de entrega, sencillez y fe inquebrantable. Sacerdote de gran humildad y humanidad desbordante. Ahí entre el mar y sus gentes, encontraste tu
verdadero hogar. Compartiste alegrías y
fatigas con los marineros y sus
familias, como con el resto del pueblo
metido en otras labores para ganarse el pan de cada día. Demostraste gran pasión por la pesca que te
granjeó la empatía de todos.
En tu
procesión funeraria, sentirás más de una lágrima y mucho agradecimiento. Y en el
silencio de estas horas, estarás recibiendo ya el abrazo del buen Dios.
Descansa, pues, Paquiño querido, en el nuevo “Puerto” al que has arribado
cargado de esa buena pesca que consiguieron tus palabras de buen pastor y
tantos sacramentos impartidos
durante los 45 años de ministerio
pastoral, también entre Mera y San Adrián.
Rodeado de
tus gentes y presidido por don Fernando, una joya de obispo, te sentirás feliz,
inmensamente feliz al ver que "la muerte no es el final del camino". En tu felicidad ya eterna, un fuerte abrazo desde Granada.

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