sábado, 27 de octubre de 2012

EL SALTO

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
(Mc. 10, 46-52)

Hijo de Timeo, ciego y mendigo
en la cuneta de Jericó,
¡suerte la tuya!
Tu salto, tras soltar tu manto,
se encontró con la Luz
y la seguiste en el nuevo camino.

Fe perseverante, vencedora de cegueras,
la tuya
encontró la dignidad que las creencias ortodoxas
te habían arrebatado.

Las tinieblas saltaron con tu manto
y el esplendor nazareno
colmó tus ansias de felicidad.

¿Qué nos pasa a los cristianos de hoy
que nos mostramos amargados,
intolerantes,
en medio de ritos vacíos?

Ante los gruñones de nuestros Jericós
enmudece nuestra fe,
          se anula nuestra esperanza,
                    se arruina nuestro amor...
y mientras tú, ignorado al borde del camino,
cegado y harapiento,
mantienes tu grito incansable,
a tiempo y a contratiempo.

¡Suerte la tuya, Bartimeo!
Tu salto, tras soltar tu manto,
se encontró con la Luz.

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