Hace unos días hemos despedido a nuestra querida
Mati que partió a la presencia del Padre. Fue una mujer
extraordinaria, dedicada a amar. Como
esposa entregada, madre abnegada y abuela cariñosa, como vecina y amiga ha
dejado una huella imborrable de amor, paciencia y alegría en el corazón de
todos. Lo atestigua el fervoroso clamor popular que inundó
los móviles y el propio funeral.
Su mismo hogar siempre fue un refugio de puertas abiertas y cálida
bienvenida. Lo recordamos en la cerámica que colgó hace años
en el muro de su patio: Es ésta la
casa de tus amigos, / si en paz vienes la puerta se abrirá, / si nieva o llueve
aquí están tus abrigos, / si te vas nuestro amor contigo irá… ¡Así se dio a
los demás!
Durante años, marcada con el signo del dolor, ha
sabido mantener vivo el hermoso legado de su cercanía humana y amable sonrisa.
Cristiana ejemplar, vivió su fe con hechos cotidianos, siendo testimonio vivo
de caridad, alegría y fortaleza. Su confianza en Dios fue el pilar que guio cada uno de sus pasos y la luz que inspiró a quienes tuvimos el privilegio de
conocerla. Atada a la cruz de su sufrimiento diario, su rol como esposa, madre
y abuela amorosa testimonió siempre su grandeza de alma. La misma sonrisa pegada a su vida predicaba paz inmensa,
contagiosa. Su arte de amar hasta el
último aliento, ya sobre el lecho de
muerte en el hospital, nos ha llevado a pensar en las palabras que el
apóstol Pablo dirigió a su discípulo Timoteo: "He peleado la buena
batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”… El impacto de su vida fue
determinante para la gozosa estabilidad emocional de la familia: su anciana
madre, Manolo su esposo, sus hijos y
nietas, sus hermanos y sobrinos.
Ejemplos todos ellos de ecuanimidad y fortaleza de ánimo, herencia de
nuestra inolvidable hueteña.
Con su muerte, Mati deja un vacío que enfatiza la magnitud de la pérdida. Nos
asiste la certeza moral de su perpetuidad
amorosa que no la arrebatará la “hermana muerte”. En el espejo de su fortaleza espiritual nos seguiremos mirando. Su
recuerdo no irá ligado a su enfermedad terminal, sino a esa lección de amor
incondicional, de mujer fuerte, cargada
de entereza y dignidad. La Comunidad de
Jesuitas a la que sirvió, el Club de Lectores Hildegarda, los familiares y
demás amigos hemos gozado a
su sombra de muchos momentos exultantes de optimismo y felicidad. Su fortaleza espiritual nos seguirá iluminando desde el Cielo. Ella, siempre coherente, generaba
alegría y acogida hasta vaciarse de sí misma en favor de cuantos pasábamos por
su casa.
Su enfermedad intentó minarla
sustancialmente, pero jamás logró arrebatarle la placidez de
corazón, siendo maestra en afrontar el sufrimiento y
en valorar cada minuto compartido en armonía con la familia y los amigos. ¡Un
regalo sagrado! No se arredró ante las circunstancias adversas,
antes bien su fe se caracterizó siempre
por la solidez de sus convicciones y su adhesión a Cristo y a la Virgen
Madre Dolorosa hasta el último aliento. ¡Todo un ideal de
santidad!