18 de enero,
7:45 de la tarde. España entera se arrodillaba ante el sufrimiento trágico en medio de una vorágine
de sospechas que el tiempo aún hoy va encargándose de dirimir… A pesar de tantos días de dolor pasados, nuestros dirigentes políticos no cesan de
crear bucles. Siguen sus bataholas en línea, más preocupados por la supervivencia partidista, que por dimisiones, aun sabiendo que toda dimisión, lejos de ser un gesto de debilidad,
puede convertirse en un acto de grandeza cívica. Es la
política divisiva que viene ocupando espacios mediáticos hasta el hartazgo, sin
respeto -¿exagero?- a la sangre y a las lágrimas derramadas sobre la población
samaritana de Adamuz. Éticamente no
acabo de entender, ya a un mes de la tragedia, que un fallo técnico estructural
de una red ferroviaria “de vanguardia” haya sido -¡sólo eso!- la causa de 57 muertes y las muchas decenas de
heridos.
Es cierto. A un mes de la tragedia se van aclarando los
porqués… Pero persisten los miedos. ¿Qué
decir del “miedo”, manifestado a los
medios de comunicación por los propios
maquinistas, cuya vida se la juegan a diario pilotando trenes sobre “dudosas
seguridades”? ¿Y nuestros miedos como usuarios de la red ferroviaria? El panorama nos fuerza a preguntarnos, parafraseando a Hemingway, ¿por quiénes doblarán mañana las campanas? Creo que se ha llegado a perder la confianza en ADIF. De hecho, se dice que los
trenes de alta velocidad van “casi vacios”. No sé. En cualquier caso, el “angelismo
político” que pretende descargar su conciencia
sobre “la fatalidad de una soldadura vial”, ha golpeado profundamente la sensibilidad
ciudadana. Aún a pesar, ciertamente, de la
sinergia demostrada por decenas de vecinos que se adentraron entre los
hierros retorcidos para sacar a los
pasajeros atrapados, enfrentándose a un drama dantesco. Tiendas, panaderías,
bares de Adamuz abrieron de madrugada para ofrecer comida, agua, café y mantas para los supervivientes y los servicios de
emergencia.
En el
epicentro de la tragedia y aun reconociendo el fuerte impacto espiritual que ha
supuesto, incluido el fracaso humano en toda su complejidad, me niego, como creyente, a “poner en solfa” el silencio de Dios ante
tamaña tragedia. Porque junto a Julio, el joven de dieciséis años, que fue ejemplo de arrojo y generosidad en la atención
a los heridos, he sentido a Dios. Y en los bomberos, en el cuerpo sanitario, y
en el resto de los buenos samaritanos que corrieron en aquella noche aciaga, he
sentido a Dios… En aquella explosión de solidaridad samaritana que Adamuz ha escrito como una de las mejores páginas de
su historia, allí he sentido a Dios. Lo
mejor del ser humano se rubricó allí, entre el amasijo de los hierros y la sangre perdida inútilmente. Dios
estaba allí… La fe triunfa cuando no se ve nada. O como bien decía el
Principito “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a
los ojos”… Así se entiende que la Iglesia, icono de Dios, se hiciera presencia,
bien lejos de toda adscripción política,
acompañando y consolando en el dolor. Como Jesús de Nazaret que,
desangrándose en la ignominia de la cruz, promete el reino de Dios al buen
ladrón crucificado a su lado. El nazareno en el propio patíbulo promete la
Vida. No fue la utopía de un vencido, sino la seguridad de un vencedor. Bien lo entendió el apóstol Pablo cuando escribió
a los filipenses: “mi vivir es Cristo y el morir una ganancia”. No somos seres
para la muerte, sino para la Vida.
Saramago, sin
embargo, en sus Diarios y más en su obra “Caín”, incide en la idea del silencio de Dios ante el
sufrimiento humano: “Dios es el gran silencio del universo”. De ahí, su increencia… Para mí, el silencio de Dios me permite procesar el dolor no sólo desde la pura emoción, sino desde la
solidaridad humana radical. Porque ante la desnudez de la tragedia, sólo nos queda
la esperanza que siempre nos transciende en su dimensión de eternidad. “No somos carne de un ciego destino”, cantamos en la liturgia cristiana.
Sí, Dios
permanece escondido en esa “solidaridad silenciosa” que sanciona el arrojo de
tanta gente involucrada en el dolor ajeno. Me atrevería a afirmar que la ausencia de
Dios es un proceso de purificación donde
Él se vacía en su silencio a favor de la
libertad dada al hombre desde la Creación. Y, por supuesto siempre desde la fe,
no invalida el misterio envolvente del testimonio demostrado, en medio del amasijo
ferroviario, por Adamuz, todo un pueblo samaritano.










