jueves, 22 de octubre de 2026

Pensar y vivir sin trincheras

 Tomado de IDEAL (Granada 22.10.26)
             Autor: Andrés Palma Valenzuela



España atraviesa un momento en el que la diversidad ya no es riqueza, sino motivo de alarma. Hay más desarmonía que armonía, más trincheras que puentes. Lo que antes asociábamos a la vida universitaria, un clima de debate vivo, de contraste razonado y de búsqueda compartida de la verdad, se ha ido diluyendo hasta convertirse en una sombra que cubre buena parte de nuestra vida pública. Allí donde antes se discutía, ahora se sospecha. Donde antes se escuchaba, ahora se etiqueta. Y lo que debería ser un espacio de conversación madura se ha tornado escenario donde proliferan las fidelidades incondicionales y los relatos cerrados. Lo inquietante no es solo la falta de coincidencias, sino la creciente dificultad para hallar puntos de encuentro. En muchos ámbitos –política, universidad, medios y las relaciones familiares–, se impone una obediencia silenciosa al relato propio. Disentir se interpreta como una forma de traición. Y muchos, por miedo o por comodidad, optan por plegarse a ese relato, renunciando a la libertad crítica que debería sostener cualquier comunidad adulta.
​            Conviene recordar algo elemental: nadie contempla la realidad completa. Cada persona observa el mundo desde su propia ventana, y solo la suma de esas miradas permite intuir la verdad. El problema surge cuando confundimos nuestra ventana con el paisaje entero y dejamos de admitir que el otro puede estar viendo aquello que nosotros no alcanzamos a percibir. En España, esta confusión se ha vuelto demasiado habitual. Cada grupo político o entorno ideológico, cada burbuja digital vive convencida de que su mirada es la única legítima. Incluso en la Universidad, y es algo que me cuesta aceptar, se olvida con frecuencia una idea esencial que Karl Popper formuló hace décadas: la posibilidad de que uno esté equivocado y el otro tenga razón, y de que el diálogo permita acercarse juntos a la verdad. La política, y con ella buena parte de la vida pública, ha dejado de ser un ejercicio de razón para convertirse en un acto de fe. Proliferan dogmas, ortodoxias, herejes y excomuniones. El adversario deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo moral. Se le despacha tildándole de «facha», «rojazo», «progre», «ultraderechista» sin necesidad de escuchar sus argumentos. El insulto sustituye a la razón porque descalificar resulta más cómodo que comprender.
​            Yo mismo he vivido esta deriva. En un debate científico en mi Facultad de Educación de la UGR, alguien decidió excluir mis argumentos con una frase que no admitía réplica: «Esa voz sale del siglo XIX». No hubo discusión, solo una descalificación que cerraba la puerta a cualquier matiz. No se trataba de debatir, sino de silenciar. ​Y, sin embargo, en medio de esta atmósfera enrarecida, hay un empeño que sostengo desde hace más de tres décadas: educar y formar para el diálogo abierto, respetuoso y sereno a las nuevas generaciones de maestros, maestras y educadores. Es una tarea ilusionante, pero no siempre fácil. Hay días en los que cuesta mantener el ánimo y la esperanza abierta, sobre todo cuando el clima social parece avanzar en dirección contraria. En esos momentos, vuelvo a dos máximas del catedrático de la UGR Andrés Manjón, quizá el mayor educador de esta institución cinco veces centenaria. Manjón repetía que la clave está en educar enseñando y enseñar educando, y que quien no sabe amar no sabe educar. No son frases retóricas, sino principios que sostienen una forma de estar en el mundo. Cuando el ruido exterior amenaza con desbordarlo todo, esas palabras orientan y recuerdan que la educación es, ante todo, un acto de cuidado.
​            La metáfora clínica ayuda a entender el fenómeno que hoy nos afecta. En la hemiplejía, una mitad del cuerpo pierde su capacidad funcional y el paciente debe desenvolverse con la otra. Algo parecido ocurre con el pensamiento sectario, no porque quien lo sostiene sea menos inteligente, sino porque ha reducido voluntariamente el campo de su mirada. Solo concede valor a los hechos que confirman sus convicciones y rechaza los que las contradicen. La realidad deja de ser compleja para convertirse en un relato simple donde los buenos están siempre de nuestro lado y los malos habitan invariablemente el contrario.
​            Pero lo más inquietante no es la reducción del campo visual, sino la incapacidad de reconocerla. El peligro del fanatismo no radica solo en contemplar media realidad, sino en perder la conciencia de que solo se contempla media realidad. En España diagnosticamos con rapidez la hemiplejía intelectual del adversario mientras estamos ciegos ante la nuestra. Reconocemos el fanatismo ajeno con precisión de especialista y justificamos el propio con indulgencia de abogado defensor.
​            Si queremos construir puentes, precisamos algo más que análisis: necesitamos valentía. La autocrítica y la reconciliación, también la intelectual, exigen el coraje de romper las cadenas del resentimiento y del prejuicio. Y eso requiere fuerza y un equilibrio interior capaz de impedir que el mal, o la memoria del mal, nos arrastre, sobre todo cuando las heridas son profundas y todavía duelen. Reconciliar no es olvidar ni justificar, es hacerse cargo del otro, incluso cuando sus comportamientos resultan difíciles de aceptar. Es asumir que el futuro de nuestra sociedad no está en la uniformidad, sino en la convivencia de las diferencias, en convertir la herida del pasado en una fisura por la que pueda filtrarse la luz.

La literatura, los medios y las redes, con sus algoritmos inevitables, ofrecen una lección útil para este tiempo. Hay una forma de leer, de informarse, de escuchar, que consiste en buscar testigos a favor: escogemos autores afines, tertulianos previsibles, periodistas que confirman lo que ya pensamos. Subrayamos lo que nos da la razón y reunimos información sin haber salido de nosotros mismos. Los algoritmos hacen el resto, seleccionando aquello que encaja con nuestras preferencias y borrando lo que podría incomodarnos. Pero existe otra manera: la lectura auténtica y la información completa nos obligan a entrar en la vida de alguien a quien quizá nunca habríamos escuchado. Nos fuerzan a revisar sentencias, a comprender antes que a juzgar, a conceder tiempo al otro para explicarse. Esa es la escuela de la humildad intelectual, la única capaz de devolvernos una mirada más amplia que las propias certezas y más generosa que nuestros prejuicios.
​            Toda hemiplejía necesita rehabilitación. También esta. Su tratamiento no pasa por convencer al adversario, sino por recuperar una virtud escasa: aceptar que nadie, ni un partido, ni un líder, ni un académico, ni un ciudadano, posee el monopolio de la verdad. A veces conviene dejar sobre la mesa el libro que íbamos a abrir, la emisora de radio o la cadena de TV que pensábamos escuchar o el periódico que teníamos previsto leer, y escoger otro distinto. Y hacerlo despacio. Permitir que una frase nos acompañe hasta la calle, hasta una conversación pendiente, hasta el rostro de alguien a quien creíamos conocer. No me resigno a una sociedad amordazada, con ciudadanos autocensurados y convencidos sin análisis previo. Me resisto a aceptar que la polarización sea una lesión irreversible. Pero sé que, si no se trata a tiempo, puede dejar secuelas permanentes. Porque el día en que una comunidad deja de buscar la verdad y se conforma con la mitad que confirma sus prejuicios, deja también de necesitar argumentos: solo necesita enemigos. Y cuando el adversario se convierte en enemigo, la verdad deja de tener dos mitades; empieza a no tener ninguna. Lo recordaba hace unos días José Cobo Cano desde Madrid: «Es bueno discutir las ideas, pero a veces queremos aniquilar a las personas». 

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